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domingo, 8 de enero de 2012

Estará vivo.

Cuando te colocas delante del Moisés de Miguel Ángel, en la Iglesia de San Pietro In Vincoli, te paras relativamente cerca de él. Es un lugar que recibe mucho turismo, pero bastante menos que el puedes ver en otros lugares de Roma. Lo miras con detenimiento; hay silencio y puedes hacerlo. Es enorme, a la altura de tus ojos quedan las manos que se enredan entre la barba y las telas.

A las manos se les notan las venas, y no están pintadas, están talladas. Esto es impresionante. Seguro que llevan sangre por dentro.

Si lo observas con el visor de tu cámara desde la derecha, puedes sentir su mirada de desconfianza, o de susto, los músculos faciales están suavemente definidos, las cejas poco pobladas se retuercen en pequeños gestos. ¿Qué estará pensando?

La larga barba es preciosa, hace un dibujo hermoso en el conjunto de la escultura. La barba pesa, (repito: da sensación de peso). El relieve de los bucles de cabellos por su grosor es el trabajo de un escultor exquisito, sería muy fácil que se rompieran con golpe pequeño de martillo o de cincel. Por debajo de ellos pasa la luz .

Cuando me coloqué delante de él hace un par de años, pensé: "le falta hablar".

Esa expresión se la había oído yo a gente, en museos. A mi madre también refiriéndose a su perrita Gusi. Cuando pensé eso, me dije: será posible, este cabrón de Miguel Ángel lo que me esta haciendo sentir.

Una pregunta para ti, que lees mi blog:
¿Con qué sentido se siente eso?.